Luces de Neón

Luces de Neón

Autor: Gaius Sergius Primus

Fecha: 29 de diciembre de 2022

Editorial: Bibliotheca Tareviæ.

Edición: 1.00

Idioma: Español

Bibliografía: Primus, G. S. (29 de diciembre de 2022). Luces de Neón. Bibliotheca Tareviæ.

Descripción

Obra finalista del Primer Concurso de Relatos de Tarevia (2022)

Obra

La cafetera había terminado de preparar el café y ahora un maravilloso y reconfortante aroma, inundaba todas las habitaciones de la casa. Isaac levantó la cafetera con cuidado del fuego y vertió un poco en su taza, junto en el momento que sonaba el timbre de casa. El sobresalto provocó que algo de café terminara manchando los fogones. No pasaba nada, sonrió y se apremió en limpiarlo con una bayeta. Tras esto, dirigió rápidamente sus pasos a la puerta y la abrió con decisión.

—¡Alba!—espetó sonriente—. Dame un abrazo.

Ella también estaba muy ilusionada de ver a su padre, se desabrochó el abrigo y le dio un gran abrazo. Mientras entraban en casa, Isaac le ofreció tomar una café.

—Bueno, y ¿cómo te va todo por Berlín? —se anticipó Isaac de forma repentina—.

Alba, algo sorprendida, le relató encantada su experiencia en los seis meses que había estado viviendo en la capital alemana, sobre el idioma, las amistades, su apartamento y algunas cosas más. Habían pasado unos meses desde que no se veían y había mucho que contar, todo era nuevo, alucinante y en ocasiones desafiante. Isaac escuchaba atentamente a su hija dando pequeños sorbos al café caliente. Ella, ajena a todo, continuaba su relato como si de una odisea se tratase y ella fuera la protagonista de aquella increíble historia.

Después de un rato Issac le indicó a Alba que le acompañara a sacar a Sócrates a la calle. Su casa tenía un amplio patio y el pequeño fox terrier disfrutaba de todo aquel ancho espacio para su diversión y pequeñas aventuras; era su hora del paseo. Caminaron un rato por la acera hablando de temas triviales hasta llegar al parque de la Estación. Allí, en mitad de la ciudad, los árboles creaban un pequeño espacio que te transportaba a otra época más antigua. Se sentaron en un banco mientras Sócrates salía lanzado a perderse entre los arbustos.

—Estoy algo perdida, desmotivada y desbordada. Nos exigen mucho en la facultad y todo es muy….estresante. —confesó Alba a su padre con un gesto que denotaba su agotamiento—.

—El filósofo siempre va a pie. Prefiere el bastón de la experiencia, al carro de la fortuna —espetó Isaac con una sonrisa.

—¡Papá! ¿Ya estás con tus frasecitas de milenial? Yo no soy filósofa… —dijo Alba con resignación—.

—Es una frase de Pitágoras. Lo que quiero decir es que vayas despacio, que disfrutes cada momento, porque no se volverá a repetir. El conocimiento es un camino largo y duro, lleno de retos y obstáculos. Es una caverna de la que tenemos que salir, pero sin atajos, sin prisa. Lo importante no es llegar al final, sino disfrutar el camino, porque nunca hay un final. Cuando llegues a una meta, habrá otra y luego otra, no te angusties, ves despacio y no pienses en que vendrá, piensa en el ahora.

Pasaron un buen rato sentados uno al lado del otro, viendo las hojas moverse por el aire, los niños corriendo, jugando y llorando, sintiendo cada cosa que sucedía, como queriendo atrapar ese momento para siempre.

Alba se quitó el casco de simulación, mientras se limpiaba las lágrimas de su cara. Un coche clase X30 pasaba por su ventana, iluminando su oscuro apartamento con luces de neón, trayéndola de golpe a la realidad. La simulación había terminado y el parque de la Estación ya no existía, ahora era un vertedero de chatarra. A sus sesenta años, había veces que Alba todavía necesitaba volver a recordar a su padre, a encontrarse con él en aquel parque, un recuerdo eterno y feliz.

—Papá, a veces necesitamos dar un paso atrás en la caverna, para poder dar otros dos hacia delante —pensó—.